Esto sucedió cuando apenas habían transcurrido diez minutos del nuevo año. Diez minutos tras cuatro años extraños, complicados. Años que me mantuvieron al borde de no sé qué que daba mucho miedo.
Cuando algo se apodera de ti y te maneja a su caprichoso antojo...
De aquéllos tiempos, ¡qué lejanos! —quiero creer—, tiempos en pausa, sólo quiero recordar a la mujer bajita y preciosa con todo cerca. Aprendí mucho: suerte. Que hay que querer a tus mayores, a la tierra que dejó que la pisaras, a las higueras y a los guisos elaborados.
Con ella tuve dos problemas. El primero, su piel quemaba. El segundo, me quería menos de lo que deseaba quererme.
Te voy a querer siempre, Lucía.
No recuerdo qué cenamos, pero sí que cumplimos escrupulosamente la habitual ceremonia de Nochevieja. Y que quise acortar el tiempo de espera en el sofá como si tratara de encontrarme de bruces con el momento de celebrar, y que para ello pelé muy despacio las uvas. Fui el último en subir, casi sonaban los cuartos.
Alguien había traído unas cajas con fuegos artificiales. Qué tontería, pensé. Comenzado el año buscamos un lugar seguro para lanzarlos y salimos todos: estaban algunos tíos míos, mis padres, mis hermanos, una de mis abuelas. Y empezaron a encender los petardos. Mi padre y algún otro familiar corrían a prender la mecha, jugaban. Los fuegos estaban bastante conseguidos. La gente se asomaba a las ventanas y aplaudía. Ocurrió. El suelo parecía firme.
Pertenencia. Llevaba tiempo pensando que no podría pertenecer a este mundo si ni siquiera era capaz de pertenecer a mi familia, a mis amigos o a mi vida.
Salí de allí con desgana, quería alargar el momento pero me estaban esperando. Aparqué rápido, la gente llegó pronto y el primer vistazo a La Pequeña Bety me hizo saber que iba a pasarlo bien esa noche a pesar de los pesares. Conocí a Belén, bailé con Marina e Israel, charlé con mucha gente. Confianza.